
La etnografía describe el itinerario vital de un determinado pueblo, desde su estadio primitivo hasta el industrializado. Parte de esquemas de poblamiento preurbanos con economías primitivas que avanzan por el camino del progreso.
En este viaje, las sociedades van abandonando viejas costumbres y antiguos modos, que la ciencia positiva intenta fijar como testimonio de lo que fuimos, para mejor entender lo que somos.
El progreso, a medida que nos facilita la vida nos aleja de nuestras raíces, de esa arcadia feliz que suponemos fue la vida rural de nuestros antepasados.
La etnografía se teje con aquellos retales que deshecha la gran historia. Es la variante local que se va disolviendo sin remedio en el gran flujo globalizador de la cultura universal. Como ciencia debe ayudar a comprender y respetar las culturas más minoritarias, más que establecer diferencias que nos separen de los otros.
La etnografía describe la cultura en su lugar de nacimiento. Como la vida no se puede fosilizar, el museo etnográfico conserva el legado material de esa vida. Es la historia de quienes no saben que están haciendo historia, en la que predomina la transmisión oral en detrimento de la escritura, lo manual en oposición a lo mecánico y lo popular frente a lo elitista.