A Compostela hubo y hay tantos caminos como puntos de partida y aunque parezca que
la historia se empeña en fijar un itinerario como genuino, no es más que el espejismo de la
inmediatez. Que los propios itinerarios se encargan de tirar puentes entre sí, dibujar desvíos y
estrenar variantes, mostrándose al fin tan vivos como quien los transita.
El propio
Consejo de Europa, al establecer las ideas gestoras de los
Itinerarios Culturales Europeos, elogia la significación espiritual, histórica y
culturañ de los caminos a Santiago, como vertebradores de nuestra identidad común. Y entiende qu
todos ellos forman un
espacio común, reconociendola importancia de las vías alternativas, rutas
secundarias y marítimas.
Hemos de agradecer a aquella sociedad medieval -tan poco dada a los gestos de
solidaridad, según nuestra visión actual- que ensayara con tanto éxito ese
ejercicio de convivencia, hospitalidad y entendimineto mutuo, inherente al hecho
mismo de peregrinar. Quedan para refrendarlo las crónicas de hombres y grupos humanos que se
emplearon, con admirable celo, en proteger y ayudar a los peregrinos, y en resguardar y
acondicionar la calzada que les llevaba.
La peregrinación surge de una dimensión religiosa y ésta empuja al caminante; pero
conviene destacar que si en algún lugar se tejió
la identidad cultural europea que ahora revalorizamos, fue en estos caminos.
