
La escabrosa rudeza de las
cantábricas montañas asturianas fue la clave que había de posibilitar la resistencia de indígenas e
hispanovisigodos a la avalancha árabe que inundó la Península Ibérica en el siglo VIII. El
aislamiento defensivo que la fuerte geografía proporcionó al pequeño reino cristiano conformado en
su seno, también ayuda a explicar el singular estilo arquitectónico que había de caracterizar su
incipiente personalidad y cultura: el prerrománico asturiano.
A lo largo de los doscientos años que mediaron entre el ascenso al trono de Alfonso II (792)
y el traslado de la capital de Oviedo a León, en el 999, el territorio originario del reino fue
sembrado de sólidos y novedosos edificios de piedra, que en buena parte han llegado hasta nuestros
días. Tres etapas estilísticas sucesivas se distinguen en los monumentos conservados, cada una de
las cuales se perfila con claros rasgos diferenciales, dependiendo de que las obras se realizaran
durante los activos reinados de Alfonso II (792-842), Ramiro I (842-850) o Alfonso III (860-910).
Los considerables cambios que se aprecian en el estilo de cada uno de los tres periodos, no hacen
sino poner de relieve una muy estimable apertura mental y voluntad de mejora y superación.

Los edificios levantados
durante el
reinado de Alfonso II pueden ser considerados como un reflejo tardío de la Baja
Antigüedad, entreverado de ciertos elementos visigodos, entre los que no está el arco de herradura,
lo que hace más visibles las soluciones arquitectónicas propias de los romanos. La iglesia de
Santianes en Pravia, fundada por el rey Silo, puede considerarse como antecedente del estilo; sus
piezas decorativas de carácter visigodo se conservan en la iglesia del Pito de Cudillero. La Cámara
Santa se labró como capilla palatina por Alfonso II, quien también promovió la construcción de las
obras ovetenses de San Tirso, San Julián de los Prados, Santa María de Bendones y, quizá, San Pedro
de Nora en Las Regueras.

El corto
reinado de Ramiro I fue testigo de una asombrosa renovación del arte constructivo
practicado con anterioridad. La rotunda presencia de arcos fajones en el interior de los muros,
estribados por fuera mediante esbeltos contrafuertes para compensar el empuje, se combinan con
arquerías ciegas que aligeran los muros por dentro. Durante el amplio periodo correspondiente al
reinado de Alfonso III, a los sólidos elementos constructivos incorporados en los tiempos
ramirenses, se añadieron otros de procedencia andaluza, traídos por los mozárabes; tales como los
arcos de herradura y el alfiz, acompañados de programas decorativos, pictóricos y escultóricos,
también venidos del sur, gracias a lo cual se consumó aquí la fusión entre la tradición occidental
con la oriental, aportada por los invasores.En definitiva, un esquema estructural que se adelantó
dos centurias al románico. En las decoraciones se aprecian influencias bizantinas y lombardas. El
primitivo y espléndido palacio, hoy iglesia de Santa María del Naranco, la reconstrucción de la
cercana San Miguel de Lillo y, probablemente, Santa Cristina de Lena, constituyen destacados
ejemplos de esta fructífera fase creadora.