
Encaramados en sus riscos y farallones los castros albergaban a los primitivos astures. Lejos ya de las húmedas cuevas los clanes se agrupaban en lugares en los que la naturaleza les servía de aliada para defenderse de los extraños. Las cabañas de planta circular eran compartidas por hombres y bestias, con techumbres vegetales a través de las cuales se filtraba el humo de los hogares. Estas casas responden a un esquema característico que se encuentra en otros emplazamientos de la cultura celta atlántica durante la Edad del Hierro. Este tipo de poblados está ampliamente documentado en las Islas Británicas, donde se conocen como colinas fortificadas.